3 cuentos para dormir

3 cuentos para dormir

La lectura y los cuentos es un medio para que los niños descubran nuevo vocabulario, aprendan a expresar sus emociones o a entender conceptos morales, como el bien y el mal.

Aquí te dejamos 3 cuentos para ti y tus hijos:

 

  1. La maceta vacía
    Cuento tradicional chino

Hace muchos siglos atrás, el emperador de China hizo un gran anuncio, necesitaba encontrar a alguien para reemplazarlo como emperador pues estaba envejeciendo y no tenía hijos. Como siempre le había encantado la jardinería, decidió repartir semillas de flores entre todos los niños y niñas del reino.

—Quien dentro de un año me traiga las flores más bellas, será el sucesor al trono— proclamó el emperador.

Todos los niños y niñas fueron al palacio a reclamar sus semillas. Entre los niños se encontraba Ping, el mejor jardinero de todo el reino. Sus habichuelas y melones eran siempre las más dulces y sus flores las más coloridas y perfumadas del mercado.

Con cuidado, él plantó la semilla que el emperador le había dado en una maceta con tierra fértil. El pequeño regó y cuidó la semilla con mucho esmero, pero no pasó nada.

Sin embargo, las semillas de los otros niños brotaron rápidamente y crecieron hasta convertirse en hermosas flores de todos los colores y tamaños. Todos se burlaron de Ping y comenzaron a llamarlo el niño de la maceta vacía.

Ping plantó su semilla en una maceta más grande con tierra negra fertilizada. Aun así, nada brotó.

Finalmente, llegó el día de llevar las plantas al emperador. Ping estaba triste, pero tomó su maceta vacía y caminó hacia el palacio. El emperador examinó las plantas verdes de flores coloridas de los niños y niñas. Cuando llegó hasta Ping, dijo con el ceño fruncido:

—¡Me trajiste una maceta vacía!

Todos comenzaron a reírse del niño de la maceta vacía.

Ping agachó la cabeza y dijo con mucha vergüenza:

—Lo siento su majestad. Intenté e intenté cultivar la semilla, pero no brotó nada de ella.

El emperador se rascó la barbilla y sonrió. Luego, les dijo a todos los presentes:

—¡Les presento a Ping, el nuevo emperador de China! Todas las semillas que les entregué fueron cocinadas para que no pudieran crecer. No sé cómo el resto de ustedes cultivaron flores, pero ellas no crecieron de mis semillas. Ping es el único que ha sido honesto y por esto merece ser emperador.

Ping creció para convertirse en uno de los más memorables emperadores de China. Él fue siempre honesto y dedicado; se preocupó por sus súbditos con el mismo esmero con el que cuidó la semilla que lo hizo emperador.

La maceta vacía

 

  1. Cómo le salió la joroba al camello
    Cuento escrito por Rudyard Kipling

Al principio de los tiempos, cuando el mundo era muy joven y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un camello que se negaba a trabajar. El muy holgazán se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba:

—¡No me jorobes!

El lunes, se presentó un caballo con la silla y el bocado puestos, y le dijo:

—Camello, ven conmigo y corre como hacemos todos.

—¡No me jorobes! —respondió el camello.

Y el caballo se marchó y le contó todo al hombre.

El martes, el perro fue a verlo con un palo en la boca y le dijo:

—Camello, busca y lleva cosas como hacemos todos.

—¡No me jorobes! —respondió el camello.

Y el perro se marchó y le contó todo al hombre.

El miércoles, fue a verlo el buey con el yugo en el cuello y le dijo:

—Camello, ven y ara como hacemos todos.

—¡No me jorobes! —respondió secamente el camello.

Y el buey se marchó y le contó todo al hombre.

Al final del día, el hombre llamó al caballo, perro y buey y les dijo:

—Siento mucho que el camello no quiera colaborarles. Él es terriblemente perezoso y yo no puedo hacer otra cosa que dejarlo tranquilo. Por lo tanto, ustedes tendrán que hacer su trabajo.

Estas palabras enfurecieron muchísimo al trío de animales. Así estaban las cosas, cuando apareció un genio volando en una nube de polvo y se detuvo ante ellos.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que, siendo este mundo tan nuevo alguien pueda ser tan vago? —dijo el caballo.

—¡Claro que no! —respondió el genio— Imagino que me estás hablando del camello. Es al único al que he visto vagando.

—Sí, es el camello de quien hablo, siempre que le pedimos que trabaje dice: «¡No me jorobes!» —contestó el perro—. Y tampoco quiere recoger cosas y llevarlas de vuelta al hombre.

—¿Ha dicho alguna otra cosa? — preguntó el genio.

—No, solo dice: «No me jorobes», y tampoco quiere arar la tierra —añadió el buey.

—Muy bien —dijo el genio—, en un momento verán cómo le daré al camello su merecida lección.

El genio se envolvió en su nube de polvo y se fue a buscar al camello. Al día siguiente, lo encontró tendido en la arena haciendo absolutamente nada y le dijo:

—Amigo camello, ¿es cierto que te niegas a colaborar con las tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el camello.

La insolencia del camello tomó por sorpresa al genio. Con el dedo en la barbilla empezó a pensar en un poderoso hechizo. El camello se había levantado para admirar su reflejo en un charco de agua.

—Por culpa de tu pereza, has hecho que los tres animales tengan que trabajar más.

—¡No me jorobes! —exclamó el camello.

—No vuelvas a decirme eso —le advirtió el genio—. ¡Te ordeno que te pongas a trabajar inmediatamente!

El camello miró al genio y dijo otra vez:

—¡No me jorobes!

Pero con solo decirlo, vio cómo su lomo, del que se sentía tan orgulloso, se hinchó y se hinchó hasta convertirse en una enorme joroba.

—¿Ves lo que te ha pasado? —dijo el genio—. Es la joroba que tú mismo te has puesto encima por haragán. Hoy es jueves y desde el lunes no has hecho nada.

—¿Cómo quieres que trabaje con esta joroba en la espalda? —preguntó el camello.

—Esa joroba tiene un propósito —contestó el genio—, y todo porque has perdido tres días. Ahora podrás trabajar tres días sin comer, porque puedes vivir de tu joroba; y no digas que no he hecho nada por ti. Sal del desierto, ve con los tres animales y pórtate bien.

Desde aquel día, el camello anda con su joroba a cuestas. Aunque siendo un tanto vanidoso, prefiere que la llamen giba.

como le salió la joroba al camello
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  1. El ganso de oro
    Cuento de los hermanos Grimm

Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al más joven de los tres lo llamaban Tontín, y era despreciado, burlado, y dejado de lado en cada ocasión.

Un día, quiso el hijo mayor ir al bosque a cortar leña, su madre le dio una deliciosa torta de huevo y una botella de leche para que no pasara hambre ni sed. Al llegar al bosque se encontró con un hombrecillo de pelo gris y muy viejo que lo saludó cortésmente y le dijo:

— Por favor dame un trozo de torta y un sorbo de tu leche, pues estoy hambriento y sediento.

—Si te doy pastel y leche, me quedaré sin qué comer —respondió el hijo mayor—. Y dejó plantado al hombrecillo para seguir su camino. Pero cuando comenzó a talar un árbol, dio un golpe equivocado y se lastimó el brazo con el hacha, por lo que tuvo que regresar a casa. Con ese golpe, pagó por su comportamiento con el hombrecillo.

A continuación, partió el segundo hijo al bosque y como al mayor, su madre le dio una deliciosa torta y una botella de leche. También le salió al paso el hombrecillo gris y le pidió un trocito de torta y un sorbo de leche. El segundo hijo le contestó con desprecio:

—Si te doy, me quedo sin qué comer—. Sin más, dejó al hombrecillo y siguió su camino hacia el árbol más frondoso. El castigo no se hizo esperar; no había dado más que unos pocos hachazos, cuando se golpeó la pierna y tuvo que regresar a casa.

En ese momento, dijo Tontín: —Padre, déjame ir a cortar leña.

El padre contestó: —Tus hermanos se han hecho daño, así que déjalo ya. Tú no entiendes nada de esto.

Pero Tontín insistió tanto, que finalmente el padre dijo: —Anda, ve; ya aprenderás a fuerza de golpes.

La madre le dio una torta que había hecho con agua y harina y una botella de leche agria. Cuando llegó al bosque, se tropezó con el viejo hombrecillo gris que lo saludó y le dijo:

— Por favor dame un trozo de torta y un trago de tu botella, pues tengo mucha hambre y sed.

Tontín le respondió: —Sólo tengo una torta de harina y leche agria, pero si te apetece, sentémonos y comamos.

Los dos hombres comieron y bebieron y luego dijo el hombrecillo:

—Como tienes buen corazón y te gusta compartir, te voy a hacer un regalo. Allí hay un árbol viejo, córtalo y encontrarás algo en la raíz. Dicho esto, el hombrecillo se despidió.

Tontín se dirigió hacia el árbol, lo taló y cuando este cayó, encontró en la raíz un gran ganso que tenía las plumas de oro puro. Lo sacó de allí, llevándoselo consigo y se dirigió a una posada para pasar la noche. El posadero tenía tres hijas que, al ver el ganso, sintieron curiosidad por conocer qué clase de ave maravillosa era aquella. La mayor pensó: «Ya tendré ocasión de arrancarle una pluma.» Tan pronto Tontín había salido, tomó al ganso por un ala, pero el dedo y la mano se le quedaron allí pegados. Poco después llegó la segunda, que no tenía otro pensamiento que arrancar una pluma de oro; pero apenas tocó a su hermana, se quedó pegada a ella. Finalmente llegó la tercera con las mismas intenciones. Entonces gritaron las dos hermanas:

—¡No te acerques, por tu bien, no te acerques!

Pero ella no entendió por qué no tenía que acercarse y pensó: «Si ellas están ahí, también puedo estarlo yo», y se acercó dando saltos; pero apenas había tocado a su hermana se quedó pegada a ella. Así que tuvieron que pasar la noche pegadas al ganso.

A la mañana siguiente Tontín tomó el ganso en brazos sin preocuparse de las tres jóvenes que estaban pegadas. Ellas tuvieron que correr detrás de él, a la derecha o a la izquierda, según se le ocurriera ir.

En medio del campo se encontraron con el cura y, cuando este vio el cortejo, dijo:

—¿Pero no les da vergüenza muchachas, seguir así a un joven por el campo? ¿Creen que eso está bien?

Con estas palabras, tomó a la más joven de la mano con el fin de separarla, pero se quedó igualmente pegado y tuvo que correr también detrás. Poco después llegó el sacristán y vio al señor cura seguir a las jóvenes. Se asombró y gritó:

—¡Ay, señor cura! ¿Adónde va con tanta prisa? No olvide que hoy todavía tenemos un bautizo.

Se dirigió hacia él y lo tomó del abrigo, quedando también allí pegado. Iban los cinco corriendo uno tras otro, cuando se aproximaron dos campesinos con sus azadones. El cura los llamó y les pidió que lo liberaran a él y al sacristán. Pero apenas habían tocado al sacristán, se quedaron allí pegados y de ese modo ya eran siete los que corrían tras Tontín y el ganso.

Pronto llegaron a una ciudad, donde el rey que gobernaba tenía una hija que era tan seria que nadie podía hacerla reír. Para ese entonces él había firmado una ley diciendo que el hombre que fuera capaz de hacerla reír podía casarse con ella. Cuando Tontín escuchó esto, fue con su ganso y todo su tren de seguidores ante la hija del rey. Tan pronto ella vio a las siete personas correr sin cesar, uno detrás del otro, de aquí para allá, comenzó a reír a carcajadas. Tontín se ganó el corazón de la princesa al haberle devuelto su risa. Los dos se casaron y fueron felices para siempre.

El ganso de oro

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